Valentina ‘ 64

2 02 2011

 

Fue en enero del año pasado cuando surgió la idea. Desde entonces ha sido como viajar haciendo trekking. (Que es la palabra en inglés para el senderismo, pero en éste caso os digo que trekking). Altos y bajos, la cumbre, la visualización de lo andado y el descenso. Un largo y precioso viaje de creación.

Los Spinning Plates son un grupo de indie rock de Ciudad Real. Formado por Josué García, cantante y guitarra, Javier Z. Peco o “Pocha”, guitarra;Javi Aparicio, batería; Emilio García, bajo; y Julián Rivas guitarra y sonidos. Llevan casi diez años juntos y aunque se lo han currado y han hecho muchos conciertos, además de un par de discos, aún no habían rodado ningún videoclip. Camila y yo estudiábamos cine en París en esos momentos, y la verdad, no nos apetecía grabar algo convencional, historias hechas cortometrajes o documentales, nos apetecía hacer algo con música. Pensamos entonces en hacer algo en conjunto con los Spinning. Teníamos el material humano y técnico en París, ¿por qué no desplazarlos a ellos hasta allí para grabar algo?

Reconozco que al principio no sonaba tan locura como lo puedo ver desde la perspectiva del tiempo ahora mismo. Pero quien quiere algo lo consigue. Y allá que nos lanzamos a la aventura. Meses paseándonos París dibujando cómo queríamos el vídeo. Pronto llegó la canción, Valentina’64. Una canción larga, que nos inspiraba muchas imágenes.

¿Stop Motion? ¿Tejados de París? ¿Un bar de open mic? Largas tardes comiendo baguettes en el pisito de la rue Veron, viendo videoclips de Gondry, de Angus & Julia Stone, de los Strokes, White Stripes, Vampire Weekend… Un trabajo de visualizar y pensar, y hablar con los chicos del grupo a distancia. Le dimos mil vueltas al asunto, dónde grabar, cuándo hacerlo, a quién incorporar al grupo de trabajo. Nuestra profesora Chantal nos ayudó muchísimo. Contactamos con Daniel, un compañero húngaro de la escuela, al que le gustó enseguida la idea y que fue nuestro Director de Fotografía. Necesitábamos un productor, un gaffer y alguien que nos ayudara con el trabajo de la producción artística. Camila sería la editora. Así que entre las dos podríamos compaginar todo el trabajo antes, durante y después del rodaje.

Los meses iban pasando. Aplazábamos la fecha, desde abril, mayo hasta junio que fue finalmente. Complicado para cuadrarnos entre nosotros y los rodajes que teníamos de la escuela, con el grupo que son 5 y que tenían que trasladarse a Francia.

Y aunque fueron muchos meses de pensar, casi no fue hasta el último momento que realmente pudimos actuar. Nos habíamos paseado el Parc D’Eole a las 11, 7 y 12 de la mañana, un nuevo parque de París en el barrio del XIX cercano a La Chapelle y Stalingrad, poco famoso por su belleza y turismo. Pero a nosotras nos supuso una buena idea, los trenes que salen de la Gare du Nord pasan justo al lado y la fluctuación de vías fluyen por debajo de los puentes. Mucho gris, una pared de ladrillos naranja y árboles jóvenes, nos parecía un escenario diferente y perfecto para un videoclip independiente y sin presupuesto.

Preguntamos y enviamos emails a decenas de garitos de conciertos para que nos dejaran grabar allí escenas. Nadie contestaba ni nadie parecía estar interesado en dejarnos grabar por tan sólo aparecer en los créditos como agradecimiento. Al fin, y gracias a Chantal conseguimos medio rentar uno durante una mañana  más o menos cerca de Bastille.

El desafío estaba servido y faltaban pocos días para el rodaje. 2 días para organizar a un grupo de cineastas y a un grupo musical por París. ¡Un total de 11 tíos para dirigir por nosotras dos solas!

Continuará…

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Extraño París

1 12 2010

Hasta extraño las pisadas de colores pegadas en el suelo de la estación de Madeleine…  Parada en la que no salí a la calle a menudo, pues era un lugar de paso entre rápida línea 14 y la verde oscuro, la 12, el norte, Montmartre. No es que eche de menos la mierda del suelo del metro de París, pero me parecía gracioso que te mostraran el camino de ese modo, como un camino de baldosas hacia el mundo de Oz.

Extraño los viajes impersonales en el metro, las caras pálidas recubiertas de gorros y bufandas de lana. Los grises y algunos rosas, los labios repasados con brillo. Salir a la calle y poder mirar el río. Aunque fuera con melancolía, por ese sentimiento de no poder poseer tanta belleza. Y aunque tuviera a mi alrededor a cientos de turistas fotografiándose con sus negras armas réflex. El Sena y yo intentábamos mantener el encanto en silencio.

Y el frío que cala los huesos y duele la cara; el no quitarse el abrigo hasta julio; también echo de menos la inquietud de cada día, las aventuras que puedan presentarse en la ciudad de las mil y una historias; mi paseo serpenteante atravesando la plaza de Abbesses para llegar al primer piso de la Place Charles Dullin a ver qué se cocía en la casa del ritmo hasta altas horas en la madrugada.

Recuerdo cada rincón por el que he pasado de esa ciudad mejor que cualquier esquina de mi casa. ¿Por qué?

Y saber ese porqué es lo que más me duele de todo.





Construyendo

29 04 2010

Se liaron a destruir como locos. Derribaron casas antiguas, edificios estropeados por el tiempo… Su mejor opción fue barrer y empezar de cero, sin reciclar. Ahora las ciudades forman un mosaico de diferentes tipos de arquitectura, formas y colores. Décadas de grúas y obras. De casas nuevas y chalets adosados. No se aprovecharon ni los cimientos, ni las vigas, ni siquiera el diseño. Vemos en España ciudades llenas de rascacielos marrones, con toldos verdes para el verano, rejillas en las ventanas; en los pueblos casas bajas cada una a su antojo. Olvidando de dónde vienen, como queriendo olvidar.

Años de obras en las calles, de mejora en las carreteras, plazas y parques. De menos verde y más cemento. Glorietas vistosas, árboles jóvenes y poca sombra que no sea la de los balcones. Destrucción e implantación. Así es como hemos venido saliendo de un turbulento siglo XX. ¿No se dan cuenta de que el reciclaje – además de más estético –  sale a largo plazo mucho más barato?

Me gusta que París sea una metrópoli de edificios antiguos reformados. Con sus tejados de zinc y pizarra, con sus transformaciones a lo largo de los años según las necesidades del ciudadano. Estudios de menos de 15 m2 para las personas que viven solas, que son casi la mitad. Eso permite que el parisino haga más vida afuera, en la calle.  Caminos adoquinados, parques y árboles como principio esencial. Pequeños cafés ensombrecidos tras sus fachadas de colores cálidos. Brasseries y fruterías… Mucho turismo, poco queda del romántico París bohemio de hace un siglo salvo lo que cada cual quiera acordarse o intentar revivir. Al menos nos queda la esencia en cada esquina.

The Illusionist de Sylvain Chomet

Ayer visité una exposición en el centro 104, de la rue Aubervilliers en el XIXmme sobre la edificación en España en los últimos años. Cómo se ha ignorado directamente la idea del reciclaje de edificios aunque sean emblemáticos -véase algunos grandes teatros del centro de Madrid-, por la construcción y la obra nueva.  En esa exposición aparecían algunos edificios históricos que han desaparecido e ideas que unas nuevas promotoras están poniendo en marcha para ésto precisamente, no perder raíces, sino aprovecharlas.





Scène Ouverte

20 04 2010

¡Aún quedan poetas! Claro que sí, diréis algunos. Anoche volví a visitar el barecito de Belleville donde cada lunes ‘abren el micrófono’ -ou scène ouverte – a petición del público para expresar sobre un tema dispuesto ya previamente. A esta ciudad le sobran ganas de emprender nuevas ideas y de realizarlas. El ambiente es cercano y acogedor. Como en cada pequeño recoveco público de la ciudad. Coloridas y estrambóticas piezas de puzzle de los primeros pisos de los edificios parisinos.

El sombrerero da paso al siguiente artista que quiere compartir la creación especial preparada para la ocasión.

Una guitarra, una persona desconocida que sube al pequeño escenario a ofrecer algo diferente. Sin verguenza porque el público es una pequeña familia y casi todos se conocen. Las pinturas de las paredes, la bandera cubana en el rincón, los espejos que cuelgan de la columna roja y el muñeco verde en el extremo.  Quien va una vez al Culture Rapide repite… con la amenaza de que pueda convertirse en una adicción.





¿Cómo?

13 11 2009

¿Cómo hablar de una ciudad que se ama? Sólo cinco letras para designar a una de las ciudades más bellas del mundo, la ciudad de los decorados de película, la ciudad – museo, la ciudad de las revoluciones y las barricadas. (…) Una ciudad donde han vivido cuantos pintores y escritores habitan el planeta, famosos o no. Desde Wilde a Joyce, desde Fujita a Zadkine todos han recorrido sus calles, han frecuentado sus bares y sus hoteles para colmarse de su alma invisible – escondida en sus intersticios-.

(…) París es tanto una ciudad de la memoria como de lo efímero. En sus monumentos han quedado grabadas las huellas de la historia y los siglos pueden contarse a cielo abierto, en tanto que una multitud de visitantes se afana ante sus escaparates rebosantes de sabores y perfumes, lencería y libros repujados en cuero.

¿Cómo hablar sobre tanto? Como siempre, me escondo en las citas para darme el empujón.

Abbesses. Octubre 09

 





Un año en fotos… III

19 01 2009
Paris et musique ... Montmartre

París et musique ... Montmartre

arriba, arriba, arriba...

PARIS

PARIS

2909

2909

ámate
ámate
el viaducto lee

el viaducto lee

Las alturas de Paris

Las alturas de París

Bastille
Bastille
Shakespeare and Co.

Shakespeare and Co.

Pure Café

Pure Café

Marché aux Puces

Marché aux Puces





Viviendo el instante

12 11 2008

Santaolalla… en Diarios de Motocicleta y My Blueberry Nights

Relato 2

Desde mis dieciocho años de edad me da miedo la muerte.

Creo que pienso sobre ello las veinticuatro horas del día. Pasé por un momento traumático que me hizo ver que el ser humano no es invencible y que la muerte nos espera detrás de cada esquina, a cada momento y en
cualquier lugar. Supongo que esta es la típica crisis por la que pasa todo el mundo, pero sé que yo la he tenido demasiado en cuenta. Creo que no supe disfrutar de mi adolescencia, ni de mis años de
universidad plenamente, tan sólo cuando me marchaba de viaje, pues me apasiona viajar. Me encanta la sensación que te produce un lugar nuevo al llegar, cuando tienes los cinco sentidos plenamente alerta. La
visión de los nuevos edificios, de las personas que hablan en un idioma diferente y que caminan a tu alrededor… Cada una con una historia diferente en otro contexto al que estamos acostumbrados. Me
encanta desplegarme por países desconocidos, todo es nuevo y sorprendente. Dejo mis preocupaciones a un lado y me vuelvo más valiente. Observo cada detalle de lo que sucede a mi alrededor y me meto en el papel de portadora de conocimientos. Saco mi cámara de fotos e intento captar todos los momentos especiales que me sucedan. Aunque tan sólo sea el vuelo de una paloma sobre un tejado, un puesto de comida en la calle, o las diferentes tiendas que podemos encontrar en todos los países.
En definitiva, me encanta viajar. Es mi capricho y mi mayor placer. Y sé que si me gusta tanto es por esto:  dejo de preocuparme y de pensar demasiado. Si os cuento todo esto es por la historia que viene a continuación, sucedió en un viaje y tiene que ver con la muerte.

Una de mis ciudades favoritas es la capital de Francia. La enigmática París. No supe disfrutarla hasta la tercera vez que viajé hasta ella. No sé porqué, no la veía tan sorprendente como otros países del mundo,
ni se me antojaba que fuera la popular ciudad del amor… era demasiado grande para mi gusto.  No me gustan demasiado las gigantescas urbes.
Como decía, la tercera vez que fui a París esta opinión cambió totalmente. Me enamoré de la ciudad. Me sumergí en ella. Visité lugares que no había visto y la degusté desde otro punto de vista.
Supe apreciar la magia que se respira detrás de cada esquina, en cada rincón, pasaje, parque o avenida.
Un día mis amigos y yo decidimos visitar el cementerio de Père-Lachaise. Es un lugar que paradójicamente se ha convertido en uno de los más turísticos de la ciudad por el simple hecho de que allí hay gente importante enterrada. Desde Edith Piaf hasta Marcel Proust, Jim Morrison y otros muchos escritores y pintores de los dos últimos siglos. Realmente, a mí esta idea no me hacía gracia especialmente, no
le encontraba ningún motivo interesante. Había visitado dos cementerios en mis veintidós años de vida y sólo por obligación. Laidea de pasar la tarde entre tumbas e inscripciones con fechas
cerradas me producía cierto mareo. A pesar de esto, no pude negarme y
nos encaminamos hasta allí. El cementerio era enorme: calles y avenidas inmensas de lápidas,
tierra y árboles;  detrás tan sólo, de unos pequeños muros en medio de la ciudad. Daba la sensación de que al traspasar las puertas entrábamos en otro mundo. En cierto modo así lo era, pues nos internábamos en el espacio donde hay más gente de allá que de acá. Un escalofrío recorrió mi espalda. No podía echarme atrás, así que tendría que aguantar esas imágenes toda la tarde. Al fin y al cabo,debía enfrentarme a ese hecho innegable.
A mis amigos parecía divertirles la idea de buscar a gente famosa que ahora vivía en ese rincón de París. El interminable laberinto de tumbas se abría más y más hacia el interior, esculturas decimonónicas nos observaban desde su sitio al pasar y aquello no parecía llegar a su fin. El gris y el verde oscuro de los árboles nos envolvía mientras visitabamos a cantantes y pintores que mis amigos querían ver. Poco a
poco me sentía más cómoda en ese lugar. Empecé a asentar la idea de que no debería ver el cementerio como algo tenebroso y que debería tomármelo con más humor.
Fue entonces cuando nos topamos con la tumba de Oscar Wilde. El gran autor de “El retrato de Dorian Gray” y otras ingeniosas obras, estaba durmiendo junto a nosotros. Apareció de repente, como salido de la
nada. En una hilera como las demás pero por su apariencia, diferente a todas. Se alzaba a gran altura: unos dos metros de alto por tres de ancho de cemento grisaceo. Y toda ella brindaba la imagen de un hombre
alado como en estado de vuelo permanente. Nunca había visto nada igual. Como nos contó uno de mis amigos, se trataba de una famosa escultura modernista que representaba un ángel con retazos y recuerdos
a los relieves del antiguo Egipto. Con esa simple visión ya estaba maravillada. Era una imagen espectacular. Pero más grande fue mi sorpresa cuando nos acercamos un poco más y observamos que la tumba
estaba completamente llena de mensajes, escritos y formas de labios dedicados  en la propia piedra. Era una fiesta de color. Rojo por aquí, frase en azul por allá, carmín de pintalabios alrededor… distintos idiomas del mundo querían dejar su mensaje a Oscar Wilde.


Leí alguno de ellos en inglés, francés, italiano, español… ¡e incluso en chino! Todos expresaban el mismo sentimiento: amor. Admiración por las letras, el arte, la estética y especial agradecimiento por el placer que este personaje, muerto hace ciento ocho años, les había otorgado tanto tiempo después a través de la lectura de sus obras. Algunos mensajes parecían salirse de la piedra por el gran sentimiento que transmitían. Oscar Wilde seguía en el corazón de millones de personas de cualquier edad, de cualquier parte del mundo. Se respiraba magia en aquel lugar del cementerio. Daba igual que no fuera un escritor contemporáneo, sus letras y sus ideas perduraban calentando el corazón de sus lectores. Sentí que mi cuerpo emanaba eternidad en ese momento. Perseguido y torturado física y psicológicamente durante
su vida por su manera tan distinta de pensar, por sus elocuentes maneras de vestir y por algunas de sus costumbres, allí se erguía, representando amor a la vida desde la muerte. Amor a las ideas, al
mundo, a las personas, a la escritura. Turistas de todo el mundo se presentaban allí para dejarle un hueco de su pensamiento y para compartir sus labios con él.

Nunca la muerte me había hecho sentir tan viva.

Como él decía: “A veces podemos pasarnos años sin vivir en absoluto, y
de pronto toda nuestra vida se concentra en un solo instante”.