Cuento de locos y de amores

3 01 2011

Todas las tardes se sentaban en un rincón del jardín.

Él empezaba a hablar. Poco a poco, la corriente de su charla saltaba la espuenda del atinado hilván de palabras y se precipitaba por los campos floridos de la imaginación. Unas tierras las fecundaba y nacían lozanas flores y sanos arbustos y árboles que serían centenarios; otras tierras las agostaba y quedaba una decoración de alta muerte. ¡Qué importaba! Siempre era fuerza y era entusiasmo y era amor.

Al pasar de los días amoldáronse los espíritus, y Julia saboreó el encanto de Arturo y Arturo revió la antigua amante y amada. Él dijo sus ternuras y ella hizo de su corazón un estuche, guardando las joyas de aquellas ternuras.

Él dijo en cierta ocasión:

– ¿No sabes? Yo soy un rey viajero. Mi reino está muy lejano y allí no hay guerras porque no hay odios y no hay odios porque no hay hombres. Los pájaros tienen amores con las plantas, y de ellas nacen otras plantas y otros pájaros que durante la niñez son estrellas. Las estrellas juegan cuando sus padres descansan, y mientras unas corren por el cielo, las otras se bañan en las aguas de los lagos. Yo como soy el rey, soy poliforme. Unas veces soy de mármol y me escondo en la tierra de otros reinos para que los hombres me descubran y me adoren. Otras veces me hago violín y corro a vibrar en manos de un monje músico; otras veces soy libro de versos y corro a temblar en manos de mujer. Y soy lirio, y soy cisne, y soy cúpula de bronce al morir la tarde. Ahora me fingí poeta para estrecharte las manos.

(…)

Opisso

Y en otra ocasión:

– Ayer hablé con el huracán y concerté nuestra fuga. Me dijo que su hermano el viento nos llevaría por sobre estas tapias hasta mi reino. Y-no lo digas a nadie –  dejaremos aquí los cuerpos. Mi reino es el de los espíritus. Cada espíritu tiene su color; de ellos, azules, como palabras de paz, de ellos, rojos como ideas de guerrero, de ellos, áureos, como traje de rey. Los nuestros son blancos, almitas claras como el agua y que como el agua reflejarán los cielos y los campos y las caras de niño y el vuelo de las golondrinas.

De este modo fue naciendo el amor en el alma de Julia, y una tarde, como una inspiración, como un despertar, como un semblante que se soñó y que nos habla, surgió en ella el convencimiento de que sería siempre de Arturo.

Por José Francés. La ilustración Artística, 20 de enero de 1908.