Extraño París

1 12 2010

Hasta extraño las pisadas de colores pegadas en el suelo de la estación de Madeleine…  Parada en la que no salí a la calle a menudo, pues era un lugar de paso entre rápida línea 14 y la verde oscuro, la 12, el norte, Montmartre. No es que eche de menos la mierda del suelo del metro de París, pero me parecía gracioso que te mostraran el camino de ese modo, como un camino de baldosas hacia el mundo de Oz.

Extraño los viajes impersonales en el metro, las caras pálidas recubiertas de gorros y bufandas de lana. Los grises y algunos rosas, los labios repasados con brillo. Salir a la calle y poder mirar el río. Aunque fuera con melancolía, por ese sentimiento de no poder poseer tanta belleza. Y aunque tuviera a mi alrededor a cientos de turistas fotografiándose con sus negras armas réflex. El Sena y yo intentábamos mantener el encanto en silencio.

Y el frío que cala los huesos y duele la cara; el no quitarse el abrigo hasta julio; también echo de menos la inquietud de cada día, las aventuras que puedan presentarse en la ciudad de las mil y una historias; mi paseo serpenteante atravesando la plaza de Abbesses para llegar al primer piso de la Place Charles Dullin a ver qué se cocía en la casa del ritmo hasta altas horas en la madrugada.

Recuerdo cada rincón por el que he pasado de esa ciudad mejor que cualquier esquina de mi casa. ¿Por qué?

Y saber ese porqué es lo que más me duele de todo.

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