María

31 12 2010

Fue por mí que te hiciste abuela. Y desde entonces ha sido el nombre que te hemos dado todos. ¡Qué honor tan grande el mío! Siempre con una bondadosa sonrisa en la boca. Y más tarde con esos implorosos ojos que tanto transmitían aunque ya no pudieras pronunciar, tan sólo algunas palabras.  Y si algo me preguntaba  las veces que te visitaba era en qué estarías pensando. ¿Cómo se puede vivir una enfermedad desde la soledad?

Pero esto solo fue una época. Antes, otra, la misma mujer. Guapa, alta, siempre cuidando de los tuyos, de tu familia, lo que más quieres. Y ahora lo que me pregunto es dónde estarás. Porque en el fondo deseo que estés bien, de cualquier forma. No que todo haya terminado porque era en lo que tú creías y por eso sólo ya debería ser así. El mundo a veces se torna muy necio. La injusticia está donde menos lo esperas. Quizá en una vida cercana a ti  pero que desconoces por incomprensión.

Poco más puedo añadir sobre ti si más te conocí a través de las cortas sonrisas y miradas que de por palabras. Pero por muchas cosas creo que te comprendía mejor de lo que tú te piensas. No hacen falta palabras, tan sólo para desechar un poco lo que llevamos dentro. Te echamos de menos. Te queremos y estaremos siempre contigo.

 





A ver, ¿por qué?

14 12 2010

“A ver Dionisio, dime, por qué coño tendrán que ser las cosas demasiadas veces tan jodidas, por qué se muere la gente que amas, por qué se muere la gente que no amas, porqué no le echas un polvo al tío o a la tía que más deseas, por qué hubo monstruos en la infancia, por qué tiene uno un pozo del que salen fantasmas feos que no le dejan vivir a gusto en la vida, por qué nos duele la cabeza, por qué nos duelen los recuerdos como úlceras de fuego, porqué nos pasamos el tiempo matando sueños como moscas, por qué estamos solos cuando más necesitamos a la gente y por qué estamos más solos todavía cuando más necesitamos a Dios. Bueno, no me lo digas, ya lo has dicho. Está escrito en el agua.”

Presentación de Manuel Juliá sobre obra de Dionisio Cañas.

 





Extraño París

1 12 2010

Hasta extraño las pisadas de colores pegadas en el suelo de la estación de Madeleine…  Parada en la que no salí a la calle a menudo, pues era un lugar de paso entre rápida línea 14 y la verde oscuro, la 12, el norte, Montmartre. No es que eche de menos la mierda del suelo del metro de París, pero me parecía gracioso que te mostraran el camino de ese modo, como un camino de baldosas hacia el mundo de Oz.

Extraño los viajes impersonales en el metro, las caras pálidas recubiertas de gorros y bufandas de lana. Los grises y algunos rosas, los labios repasados con brillo. Salir a la calle y poder mirar el río. Aunque fuera con melancolía, por ese sentimiento de no poder poseer tanta belleza. Y aunque tuviera a mi alrededor a cientos de turistas fotografiándose con sus negras armas réflex. El Sena y yo intentábamos mantener el encanto en silencio.

Y el frío que cala los huesos y duele la cara; el no quitarse el abrigo hasta julio; también echo de menos la inquietud de cada día, las aventuras que puedan presentarse en la ciudad de las mil y una historias; mi paseo serpenteante atravesando la plaza de Abbesses para llegar al primer piso de la Place Charles Dullin a ver qué se cocía en la casa del ritmo hasta altas horas en la madrugada.

Recuerdo cada rincón por el que he pasado de esa ciudad mejor que cualquier esquina de mi casa. ¿Por qué?

Y saber ese porqué es lo que más me duele de todo.