20 09 2010

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En él nos habla de sus aventuras en el Paraíso Perdido de John Milton o sus andanzas con un tal Alonso Quijano por los campos de castilla y sus peleas a muerte con gigantes, cuyos brazos no cesaban nunca de girar estrepitosamente como aspas de molino esparciendo el mal por doquier. Historias que había vivido en las páginas de los libros que leía en la biblioteca de la vieja Lisboa de los años 30 : “un lugar -nos cuenta Saramago en este prólogo- donde el tiempo parecía haberse detenido, con estantes que cubrían las paredes desde el suelo hasta casi el techo, las mesas con sus pequeños atriles, a la espera de lectores, que nunca eran muchos […] No puedo recordar con exactitud cuánto duró esta aventura, pero lo que sé, sin sombra de duda, es que si no fuese por aquella biblioteca antigua, oscura, casi triste, yo no sería el escritor que soy. Allí comenzaron a escribirse mis libros”.

Saramago era un hombre bueno por eso y por cosas mucho más trascendentales: era bueno por su lucha a muerte contra molinos gigantescos de aspas mortíferas, por su compromiso con los más necesitados, por el anhelo y el combate sin tregua contra la ceguera, por un mundo decididamente distinto. Por eso, Saramago era bueno, era mejor, era muy bueno, pero, sobre todo, Saramago era un hombre imprescindible.

(…)

Biblioteca Universidad Complutense

José Saramago en París

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