Último tango ‘a solas’ en París

18 04 2010

Navegamos por aguas turbulentas a pleno sol helado. No existe un por qué, ni un rumbo fijo al que atarse. Tan solo las olas mecen esta embarcación que tiene pocas palabras que lanzar a la tempestad. A estribor, la ciudad perfecta, encarnada en una isla a la que el tiempo ha transformado. La musa no puede sentarse a la mesa por razones lógicas de este tiempo en el que transcurren los sentimientos a medias y el valor materializado en cada objeto. A babor la incomprensión del tiempo perdido dentro de uno mismo que hacen a las cosas canalizarse por cientos de caminos. Y se pierden… Y acá quedamos viéndolas marcharse, sin saber si echar a correr o quedarse encerrada entre estas cuatro paredes blancas. Mientras la ciudad vibra ante un nuevo día, la madeja se enreda por el gato que la hace correr y una queda al margen viendo a los acontecimientos pasar.

Aturdida ante tanta ola de emociones, y de historias que se podrían haber vivido para después contar. O de la cantidad de tiempo del que disponemos para poder plasmar los momentos. De la poca eficacia y eficiencia del tiempo. Ay, y todos los artistas y sobretodo escritores nos devanamos los sesos y no paramos de hablar del dichoso tiempo siempre. En el continuo devenir de los excesos emocionales me hallo. Mirando a cada lado y ya recordando París…

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