Croniques d’un hiver

12 03 2010

El proceso de realización de una película es algo que aún ahora mismo me sorprende. Es como coser o hacer un puzzle. Poco a poco. Detalle a detalle. Me entusiasma que el contar una historia sea un trabajo difícil. Pero, a la vez, la idea del cine tan estructurado me causa cierta sensación mezclada entre el respeto y la confusión.

Nunca había pensado que cada plano tiene un significado. Que cada objeto o color significa algo. Que una película en sí, es un mensaje determinado que una sola persona nos quiere contar. He sido hasta ahora, tremendamente inocente, lo reconozco. Quizá poco observadora.

Lo mismo me ha pasado con los guiones. Esa extraña manía por parte de los docentes de todo el mundo de ponerle una estructura a la historia. Un principio, un nudo y un desenlace. Un protagonista con un objetivo y un conflicto que le impida conseguirlo. ¡Y es verdad! Al fin y al cabo todo se reduce a eso.

¿Pero y no hay más? Sigo en mis 13 de que las historias no se pueden estructurar tanto y de esa manera. Y me abruma el comprobar que la gran mayoría han sido creadas así… tan simplemente!

Quizá ahora me doy cuenta de las grandes posibilidades del relato y de las novelas. Total libertad del creador para llegar a donde desee, y llevar al lector por todos aquellos mundos que desee sin necesidad de estar preocupado por el presupuesto, los horarios o si los actores lo hacen bien o mal.

Pero claro, no es lo mismo. No es lo mismo el trabajo de un grupo por un mismo fin. Por amor a lo que se está haciendo -creo que en muy pocos otros trabajos se consigue un trabajo tan comunitario como en el cine, donde todos trabajan por igual ya que cada cosa cuenta como la que más para el resultado final-.

Y tampoco es lo mismo el hecho de ir al cine.  No hay un placer como ese. Ver una película en común junto a desconocidos. Y si es en un festival mejor. En Sitges con la gente joven y el calor de los primeros días de octubre frente al mar. Los aplausos emocionados antes de comenzar y los vítores al final -o en medio sobretodo en la hora golfa-. Las colas en Berlín a las 7:30 de la mañana con la nieve por los tobillos y el vaho entre las rendijas de las bufandas.

Pero nada como el cine en Cuba. A 2 pesos la sesión, la sala repleta de gente sea tarde, noche.. lunes o sábado. Salas gigantes con un público entregado a la película, viviendo lo que le sucede al personaje. Calor  y cercanía en las desvencijadas sillas de los grandes teatros. Una película por sala durante un par de semanas. Aquí -en París- hay tantas a la vez que al final acabas en una sala que es más pequeña que la de tu casa con 2 ó 3 más espectadores con suerte.

Son tantas ya las historias que no sé cómo empezar… Escribir no es fácil.

Ay, y escribir un guión tampoco. Es mucha la responsabilidad. ¿Qué es lo que se quiere transmitir? ¿A quién le puede interesar? ¿Cómo dibujarlo de la mejor manera? ¿De verdad que hay que tener que decir algo, o simplemente contar una historia por contar? Es algo que hay que hacer tan bien que me bloqueo siempre al llegar a este punto.

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One response

12 03 2010
Andrés Oliva

La paquidérmica narración cinematográfica… Tampoco te apures por ella, que si al final se te escapa o te aplasta siempre podrás dar rienda suelta de cualquier otro modo a las historias que quieras contar, si realmente tienes la necesidad de hacerlo. Yo acabo de leer una historia en este post, por ejemplo. Fabular es algo de lo que no podemos escapar así que tú dale vueltas a los personajes, tramas y ambientes. ¡Ánimo!

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