Viviendo el instante

12 11 2008

Santaolalla… en Diarios de Motocicleta y My Blueberry Nights

Relato 2

Desde mis dieciocho años de edad me da miedo la muerte.

Creo que pienso sobre ello las veinticuatro horas del día. Pasé por un momento traumático que me hizo ver que el ser humano no es invencible y que la muerte nos espera detrás de cada esquina, a cada momento y en
cualquier lugar. Supongo que esta es la típica crisis por la que pasa todo el mundo, pero sé que yo la he tenido demasiado en cuenta. Creo que no supe disfrutar de mi adolescencia, ni de mis años de
universidad plenamente, tan sólo cuando me marchaba de viaje, pues me apasiona viajar. Me encanta la sensación que te produce un lugar nuevo al llegar, cuando tienes los cinco sentidos plenamente alerta. La
visión de los nuevos edificios, de las personas que hablan en un idioma diferente y que caminan a tu alrededor… Cada una con una historia diferente en otro contexto al que estamos acostumbrados. Me
encanta desplegarme por países desconocidos, todo es nuevo y sorprendente. Dejo mis preocupaciones a un lado y me vuelvo más valiente. Observo cada detalle de lo que sucede a mi alrededor y me meto en el papel de portadora de conocimientos. Saco mi cámara de fotos e intento captar todos los momentos especiales que me sucedan. Aunque tan sólo sea el vuelo de una paloma sobre un tejado, un puesto de comida en la calle, o las diferentes tiendas que podemos encontrar en todos los países.
En definitiva, me encanta viajar. Es mi capricho y mi mayor placer. Y sé que si me gusta tanto es por esto:  dejo de preocuparme y de pensar demasiado. Si os cuento todo esto es por la historia que viene a continuación, sucedió en un viaje y tiene que ver con la muerte.

Una de mis ciudades favoritas es la capital de Francia. La enigmática París. No supe disfrutarla hasta la tercera vez que viajé hasta ella. No sé porqué, no la veía tan sorprendente como otros países del mundo,
ni se me antojaba que fuera la popular ciudad del amor… era demasiado grande para mi gusto.  No me gustan demasiado las gigantescas urbes.
Como decía, la tercera vez que fui a París esta opinión cambió totalmente. Me enamoré de la ciudad. Me sumergí en ella. Visité lugares que no había visto y la degusté desde otro punto de vista.
Supe apreciar la magia que se respira detrás de cada esquina, en cada rincón, pasaje, parque o avenida.
Un día mis amigos y yo decidimos visitar el cementerio de Père-Lachaise. Es un lugar que paradójicamente se ha convertido en uno de los más turísticos de la ciudad por el simple hecho de que allí hay gente importante enterrada. Desde Edith Piaf hasta Marcel Proust, Jim Morrison y otros muchos escritores y pintores de los dos últimos siglos. Realmente, a mí esta idea no me hacía gracia especialmente, no
le encontraba ningún motivo interesante. Había visitado dos cementerios en mis veintidós años de vida y sólo por obligación. Laidea de pasar la tarde entre tumbas e inscripciones con fechas
cerradas me producía cierto mareo. A pesar de esto, no pude negarme y
nos encaminamos hasta allí. El cementerio era enorme: calles y avenidas inmensas de lápidas,
tierra y árboles;  detrás tan sólo, de unos pequeños muros en medio de la ciudad. Daba la sensación de que al traspasar las puertas entrábamos en otro mundo. En cierto modo así lo era, pues nos internábamos en el espacio donde hay más gente de allá que de acá. Un escalofrío recorrió mi espalda. No podía echarme atrás, así que tendría que aguantar esas imágenes toda la tarde. Al fin y al cabo,debía enfrentarme a ese hecho innegable.
A mis amigos parecía divertirles la idea de buscar a gente famosa que ahora vivía en ese rincón de París. El interminable laberinto de tumbas se abría más y más hacia el interior, esculturas decimonónicas nos observaban desde su sitio al pasar y aquello no parecía llegar a su fin. El gris y el verde oscuro de los árboles nos envolvía mientras visitabamos a cantantes y pintores que mis amigos querían ver. Poco a
poco me sentía más cómoda en ese lugar. Empecé a asentar la idea de que no debería ver el cementerio como algo tenebroso y que debería tomármelo con más humor.
Fue entonces cuando nos topamos con la tumba de Oscar Wilde. El gran autor de “El retrato de Dorian Gray” y otras ingeniosas obras, estaba durmiendo junto a nosotros. Apareció de repente, como salido de la
nada. En una hilera como las demás pero por su apariencia, diferente a todas. Se alzaba a gran altura: unos dos metros de alto por tres de ancho de cemento grisaceo. Y toda ella brindaba la imagen de un hombre
alado como en estado de vuelo permanente. Nunca había visto nada igual. Como nos contó uno de mis amigos, se trataba de una famosa escultura modernista que representaba un ángel con retazos y recuerdos
a los relieves del antiguo Egipto. Con esa simple visión ya estaba maravillada. Era una imagen espectacular. Pero más grande fue mi sorpresa cuando nos acercamos un poco más y observamos que la tumba
estaba completamente llena de mensajes, escritos y formas de labios dedicados  en la propia piedra. Era una fiesta de color. Rojo por aquí, frase en azul por allá, carmín de pintalabios alrededor… distintos idiomas del mundo querían dejar su mensaje a Oscar Wilde.


Leí alguno de ellos en inglés, francés, italiano, español… ¡e incluso en chino! Todos expresaban el mismo sentimiento: amor. Admiración por las letras, el arte, la estética y especial agradecimiento por el placer que este personaje, muerto hace ciento ocho años, les había otorgado tanto tiempo después a través de la lectura de sus obras. Algunos mensajes parecían salirse de la piedra por el gran sentimiento que transmitían. Oscar Wilde seguía en el corazón de millones de personas de cualquier edad, de cualquier parte del mundo. Se respiraba magia en aquel lugar del cementerio. Daba igual que no fuera un escritor contemporáneo, sus letras y sus ideas perduraban calentando el corazón de sus lectores. Sentí que mi cuerpo emanaba eternidad en ese momento. Perseguido y torturado física y psicológicamente durante
su vida por su manera tan distinta de pensar, por sus elocuentes maneras de vestir y por algunas de sus costumbres, allí se erguía, representando amor a la vida desde la muerte. Amor a las ideas, al
mundo, a las personas, a la escritura. Turistas de todo el mundo se presentaban allí para dejarle un hueco de su pensamiento y para compartir sus labios con él.

Nunca la muerte me había hecho sentir tan viva.

Como él decía: “A veces podemos pasarnos años sin vivir en absoluto, y
de pronto toda nuestra vida se concentra en un solo instante”.

 

Anuncios

Acciones

Information

One response

29 11 2008
Tiota

Hay mi niña como me gusta como descibes Paris.

Solo deseo poder ir de nuevo, espero que no sea demasiado tarde.

Besos

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s




A %d blogueros les gusta esto: