Un pasillo oscuro flanqueado por personas sentadas en asientos iguales. La puerta, adornada por el escudo de la playa y la palmera. Murmullos que suben de tono de vez en cuando, aguardando el papel. Un dichoso papel deseado por aquellos nómadas obligados de todo el mundo. Al lado, otra gran habitación, pero esta vez mucho más iluminada. Fotos de coches antiguos y playas adornan las estanterías. Es la puerta más fácil. La más aburrida, la más falsa. Lo bueno es que el ambiente es el mismo. La sonrisa, la melodía del canto hablado. La catársis de otro lugar dentro de ese edificio de una calle gris y tempestuosa de Madrid.
… Dos, Tres… cha cha chá…
Por otro lado, una sala a oscuras. Sillas y mesas; teteras y tazas sobre ellas. Una pantalla al fondo. Ella no sabe que está siendo observada por dos espectadores situados detrás. Su suave pelo se desliza por una fuerza etérea detrás de la silla, ondeando el mar. Parece movido por la música que sale de sus dedos cada vez que da un concierto. De sus dedos y del mástil del ingravitto violín.
Una noche antes… El vestido rojo aullaba a través de las vertiginosas notas dedicadas a la luna. El piano en el casino. El público y los otros espectadores que deberían estar allí y no lo hicieron.
