Ya llevo una semana aquí en la isla, el paraíso playero de esta costa del Atlántico con sus aguas azul turquesa y arenas blancas, burros autóctonos salvajes en plena ciudad y cabritas montesas. (Como esta monada de la foto en Cofete). Una ínsula con un aspecto totalmente diferente a cualquier región de nuestro país, incluídos los archipiélagos. Preciosas playas vírgenes parecen no ser suficientes para adorar a esta isla de contradicciones. Uno de los puntos en contra es el viento, tal y como su propio nombre indica. Siempre está ahí: por las noches cuando paseas, en la playa para ayudarte a pasar las páginas de los libros y extender arena en tu toalla… Quizá por esto, y por la escasa vegetación de la isla, que es también calificada como “desértica”, nunca se la ha considerado como un destino atractivo para las vacaciones y el turismo. Recorriendo la serpenteante carretera que divide la isla en dos desde Puerto del Rosario hasta Jandía puede echar para atrás a cualquiera, pero es todo esto lo que la hace única, tranquila y con sorpresas que merecen la pena. La vista de la salvaje playa de Cofete desde lo alto de la montaña, por la que hay que pasar siguiendo el camino terregoso deja sin respiración cuantas veces vayas. Pues ahora la magia reside en que siguen existiendo lugares olvidados, impresionantes, para disfrutar tú sólo de un mar de estrellas y kilómetros y kilómetros de playa aunque sea un día en la vida. Acampar en Cofete, al lado de un cementerio, con unas cervecitas, patés, buena música, un Valdepeñas y que te despierten unas cabrejas no tiene precio.
Ahora ya sé qué es lo que se escondía detrás de las serpenteantes y misteriosas montañas al otro lado del mar que se podía ver desde las playas de Lanzarote de Playa Blanca, y por las que tanto me preguntaba de pequeña imaginándome un sitio mágico, árido y vacío. ¡Al final no iba muy desencaminada!
La de abajo es la playa a la que suelo ir… en el pueblo.








